Kitsune

n. jap. 赤狐 (ギツネ)

espíritu mensajero de la diosa Inari, protectora de las aldeas y de los cultivos, capaz de adoptar el aspecto de un zorro o de una mujer humana para llevar a cabo la voluntad de la diosa.


Kumiko nació como una cría de zorro de pelaje blanco puro de las vísceras de una hembra que falleció durante su gestación. La diosa Inari, movida por su compasión hacia el animal, le insufló vida y le dio un nombre para convertirla en una de sus kitsune mensajeras.Fue criada e instruida por la kitsune que regentaba el orfanato de una pequeña aldea que había sido asolada por la guerra. Durante el día tenía que convivir en el poblado, al igual que su matrona, en su forma humana, en su caso de una niña.Por la noche, se transformaban en zorros y aprovechaban las horas de descanso de sus vecinos para enseñarle a la pequeña Kumiko cómo ejercer sus labores como sierva de la diosa Inari.


Cuando Kumiko ya estaba llegando a la edad adulta, su matrona cayó en la trampa de un granjero que sospechaba que los zorros silvestres estaban cazando a sus gallinas.Kumiko tuvo que observar, inmóvil de miedo, cómo su figura materna conservó su forma de zorro blanco en honor a Inari mientras el humano le daba muerte. El cadáver se convirtió en humo en cuanto cayó al suelo, en señal de advertencia.Kumiko no podía volver a la aldea después de lo ocurrido, por lo que se limitó a recorrer la zona en busca de alguna otra mensajera de la diosa bajo quien refugiarse. Lo que no sabía era que Inari había decidido castigar a la aldea por la ofensa del granjero, mandando un incendio sobre sus campos que diezmó los cultivos de toda la región.Sin alimento ni valor de cazar zorros para sobrevivir después de lo ocurrido, los habitantes de la zona empezaron a sucumbir al hambre. Fue entonces cuando Kumiko aprendió a utilizar su forma humana para atraer humanos débiles a la linde del bosque, prometiéndoles manjares silvestres, para devorarlos.Cada humano que caía en sus fauces era devorado como ofrenda a Inari, en agradecimiento por el castigo que había mandado a los humanos por dañar a los zorros como ella.Sin embargo, el recelo que había despertado la furia de la diosa en los aldeanos más supersticiosos acabó haciendo que las mensajeras de Inari fueran alejándose de los poblados, fuera por principios o por miedo a sufrir el mismo destino que la matrona de Kumiko.


Cuando Kumiko ya estaba llegando a la edad adulta, su matrona cayó en la trampa de un granjero que sospechaba que los zorros silvestres estaban cazando a sus gallinas.Kumiko tuvo que observar, inmóvil de miedo, cómo su figura materna conservó su forma de zorro blanco en honor a Inari mientras el humano le daba muerte. El cadáver se convirtió en humo en cuanto cayó al suelo, en señal de advertencia.Kumiko no podía volver a la aldea después de lo ocurrido, por lo que se limitó a recorrer la zona en busca de alguna otra mensajera de la diosa bajo quien refugiarse. Lo que no sabía era que Inari había decidido castigar a la aldea por la ofensa del granjero, mandando un incendio sobre sus campos que diezmó los cultivos de toda la región.Sin alimento ni valor de cazar zorros para sobrevivir después de lo ocurrido, los habitantes de la zona empezaron a sucumbir al hambre. Fue entonces cuando Kumiko aprendió a utilizar su forma humana para atraer humanos débiles a la linde del bosque, prometiéndoles manjares silvestres, para devorarlos.Cada humano que caía en sus fauces era devorado como ofrenda a Inari, en agradecimiento por el castigo que había mandado a los humanos por dañar a los zorros como ella.Sin embargo, el recelo que había despertado la furia de la diosa en los aldeanos más supersticiosos acabó haciendo que las mensajeras de Inari fueran alejándose de los poblados, fuera por principios o por miedo a sufrir el mismo destino que la matrona de Kumiko.


A la edad humana de 20 años, Kumiko se encontró con una de tantas comunidades de mensajeras de Inari que, a pesar de su naturaleza solitaria, habían pasado a vivir en pequeños grupos por protección.Estas comunidades, formadas únicamente por hembras, vivían siguiendo las pautas de la diosa Inari, a la espera de que la diosa volviera a requerir sus servicios para proteger a los seres humanos, con quienes seguía en guerra.
Kumiko fue acogida en una de estas comunidades como matrona, cuidando y enseñando a las mensajeras más jóvenes y a las crías. Como alumna de la difunta mensajera que había iniciado, sin querer, la guerra entre Inari y los humanos, Kumiko no tardó en hacerse un nombre en la comunidad.
Las mensajeras seguían honrando la muerte de su maestra matrona con infinito respeto, pero los años pasaban y la diosa Inari seguía sin prestarle la más mínima atención a los pueblos humanos que morían de hambre tras ver marchitarse todos sus cultivos y morir todos sus rebaños. Las mensajeras, por lo tanto, no tenían más quehacer que vivir apartadas de los núcleos urbanos, evitando a los humanos, a la espera de nuevas instrucciones.Sin embargo, Kumiko no guardaba más mal recuerdo de los humanos que el de aquel granjero cruel que había matado a su matrona sin saber la ofensa que eso supondría para la diosa Inari. Las demás mensajeras empezaban a temer que la diosa también las estuviera castigando a ellas por honrar a la difunta o acoger a su huérfana, por lo que se volvieron cada vez más distantes con Kumiko. La joven, peligrosamente aislada socialmente de sus compañeras, empezó a darle vueltas a la idea de una nueva misión.Convencida de que era su deber reestablecer el vínculo entre Inari y los seres humanos, al ser la única que había visto morir a la hembra cuya muerte ofendió tanto a la diosa, Kumiko se atrevió a adentrarse cada vez más en territorio humano. Tal vez, la hazaña de conseguir que las personas se disculpasen con Inari con una gran ofrenda fuera lo que la diosa necesitaba para perdonarles.


Una noche, abandonó la comunidad de mensajeras en busca de la aldea humana más cercana. En cuanto avistó las primeras casas, adoptó la forma de una joven humana de largo cabello castaño y ojos rasgados, y esperó al amanecer para dejarse caer a las puertas del pueblo, alegando que había sufrido el ataque de un yokai de camino a su aldea.Fue acogida por otra muchacha, que en seguida expresó su preocupación por lo peligrosos que se habían vuelto los bosques de la región desde que habían vuelto a crecer tras el incendio. Su nombre era Izumi, tenía el cabello negro siempre recogido en una coleta y las manos más cuidadosas que jamás habían tocado a Kumiko.Durante las semanas que, supuestamente, tardaría la kitsune en reponerse de su ataque nocturno, las dos jóvenes tejieron una relación más estrecha de lo que ninguna de las dos imaginaba. Izumi también era huérfana, y si no abandonaba la aldea a pesar del ostracismo a la que la sometían sus vecinos como castigo por su carácter poco femenino, era por mantener con vida el ganado de su difunto padre, que había sido el mayor carnicero de la región. Sin embargo, de su granja no quedaban más que unas cuantas terneras famélicas, por más que Izumi se había esforzado.Kumiko estaba sintiendo cosas tan humanas que, por un momento, temió que su lugar siempre hubiera estado junto a los humanos. Por eso, después de su primer beso, decidió abrirse a su amada y confesarle su verdadera naturaleza, junto con la solución que necesitaban ambas partes para apaciguar a la diosa: el sacrificio de una docena de gallinas y toda la cosecha que hubieran podido guardar en sus graneros desde el incendio. Kumiko estaba convencida de que una ofrenda de tal calibre bastaría para reestablecer los lazos entre Inari y sus siervos humanos.Izumi confió en su amada y guió al pueblo a cumplir con la misión que le había encomendado. Sin embargo, Kumiko no podía haber estado más equivocada en sus designios, pues ahora estaba claro que Inari había abandonado a sus mensajeras hacía tiempo.


En lugar de aceptar el sacrificio como ofrenda de paz, la diosa se tomó como una gran ofensa el hecho de que una de sus kitsune se hubiera atrevido a acercarse a los humanos de nuevo. Había tomado la decisión de abandonar a los humanos para siempre, así como a toda criatura que osase no participar en su guerra.A modo de castigo, Inari hizo que Izumi cayera gravemente enferma y empeoró aún más las sequías y las plagas que asolaban los cultivos y el ganado de su pueblo. Totalmente desamparada y sin un camino que seguir, lo único que pudo hacer Kumiko fue centrar todas sus energías en cuidar de su amada durante lo que no sabía que eran sus últimos días.Izumi murió una noche, a la vera de su enamorada, que se despertó a la mañana siguiente junto a su cuerpo inerte. Lloró todas sus lágrimas antes de que el sol alcanzase su cénit, y no tardó en abandonar la desolada aldea a la que había llegado con tantísimas ilusiones de reparar los lazos entre Inari y la humanidad.Desde entonces es un espíritu errante, sin amor, sin familia y sin una diosa que la cuide. Depende de sus habilidades como kitsune para cazar y subsistir por su cuenta, y ha aprendido a reservar sus confianzas y sus buenas voluntades por miedo a que su mundo vuelva a romperse en pedazos.